domingo, 26 de noviembre de 2017

Lou Andreas-Salomé





Lou Andreas-Salomé nació como Луиза Густавовна Саломе en San Petersburgo (Imperio ruso), el 12 de febrero de 1861 . Su padre, Gustav Salomé, pertenecía a una familia de hugonotes originarios de Avignon que habían huido de Francia para establecerse inicialmente en Magdeburgo (Prusia) y poco después en los Países Bálticos (Imperio ruso), donde existía una importante colonia germánica. A los 6 años Gustav fue enviado a San Petersburgo para recibir educación militar, cuyo conocimiento demostró valientemente en el frente contra los insurrectos polacos a la edad de 27 años, haciéndole acreedor de un título nobiliario concedido por el zar Nicolás I. Tras ser ascendido a General, ingresa en el Estado Mayor y el zar Alejandro II lo nombra Inspector del Ejército. A los 40 años se casa con Louise Wilm, hija de un acaudalado fabricante de azúcar de ascendientes daneses. Tienen cinco hijos varones y una hija, Luisa.

Luisa creció al margen de la sociedad rusa en una pequeña comunidad de inmigrantes de habla alemana y en la que su padre había consegudo del zar el permiso para constituir una Iglesia Reformada. La primera lengua de Luisa era el alemán, aunque también conocía el ruso, el francés (idioma hablado por la alta sociedad) y el inglés que aprendía en un colegio privado. Ávida de la lectura, pronto lee a Spinoza y a Kant. A los 17 años pierde a su padre, a quien idolatraba, y, desconsolada encuentra una réplica de la figura paterna en su tutor, el pastor holandés Hendrik Gillot, a quien pide le enseñe teología, filosofía, las religiones del mundo, literatura francesa y literatura alemana. Gillot, que fue quien por primera vez la llama Lou, siente un amor platónico por la joven, hasta tal punto que considera divorciarse de su esposa. Cuando Gillot propone a Lou el matrimonio, ésta lo rechaza escandalizada.

Lou Salomé, contraviniendo el consejo de su madre, decide ir a la Universidad, y finalmente ella y su madre viajan a Zurich, para matricularse en el único centro universitario europeo que admitía mujeres en esa época, donde estudia Lógica, Historia de las Religiones y Metafísica. Lou Salomé cae enferma y su madre la lleva a reponerse al sol de Italia. A sus 21 años conoce en un salón literario de Roma al rico filósofo alemán judío Paul Rée, doce años mayor que ella y amigo de Friedrich Nietzsche. Dos meses después del encuentro Lou Salomé y Paul Rée se convierten en pareja, y él le pide su mano en vano. Intelectualmente sintonizaban, pero ella sentía repugnancia física hacia él. En 1901 Paul Rée se suicidó justo en el lugar en donde Lou Salomé le había rechazado veinte años antes.

En 1882, Paul Rée presenta a Lou Salomé a Friedrich Nietzsche, que tenía 38 años. Nietzsche propone a la pareja configurar un trío intelectual platónico. Friedrich Nietzsche y Lou Salomé pasaron un verano juntos en Tautenburg (Turingia, Alemania), debatiendo sobre filosofía. Ella tiene en común con él haber reflexionado sobre la muerte de Dios y una pasión por la filosofía oriental.
Nietzsche se enamora de la “fascinante joven rusa” y le manifiesta su deseo de casarse con ella. Lou Salomé lo consideraba solamente como amigo e interlocutor imaginativo, y no acepta la propuesta. Además, Elisabeth Nietzsche hace lo imposible para que esa relación no prospere. Friedrich Nietzsche no perdonará jamás a su hermana por su actitud de rechazo a Lou Salomé. Él cae en una gran crisis depresiva acosado por pensamientos suicidas y se marcha a Rapallo, donde en sólo diez días, tras unos dieciocho meses de incubación, escribió la primera parte de su poema filosófico Also sprach Zarathustra (“Así habló Zaratustra”), el producto de este amor frustrado. Por su parte, y mucho más tarde, en 1894, Lou Salomé escribió un estudio sobre la personalidad y pensamiento de Nietzsche con el título Friedrich Nietzsche in seinen Werken (“Friedrich Nietzsche en sus obras).




En 1886, y todavía en Italia, Lou Salomé conoce al orientalista Friedrich Carl Andreas. Era bajo y rechoncho. No era un hombre atractivo, ni reconocido como Nietzsche. Era un hombre tan gris y reservado como sorprendente. 
El abuelo de Friedrich Carl Andreas se instaló en la India a principios del siglo XIX y se casó con una mujer malaya, que tras morir su marido, contrajo segundas nupcias con un noble persa de estirpe regia, pero conservó el nombre de su primer esposo. 

En 1875, Friedrich Carl Andreas, que contaba ya 30 años, regresó con su familia a Alemania. Tenía una sólida formación en historia, ciencias naturales y arqueología y gozaba de una excepcional reputación como médico; pero sus técnicas no eran ortodoxas, había traído consigo los conocimientos de medicina natural de las tradiciones orientales. Estudiaba las técnicas totémicas a través de las cuales los brujos captaban las energías y potencia de los animales. Hablaba varios idiomas y estaba familiarizado con las culturas orientales a las que conocía en profundidad y desde dentro: no en vano, una parte de su personalidad, pertenecía al misterioso oriente. 

En 1886, cuando era catedrático del Instituto de Lenguas Orientales de Berlín, conoció a Lou Salomé y se enamoró de ella. La amenaza con suicidarse, si lo rechaza. Ella consiente a condición de que el matrimonio no sea jamás consumado. Convence a su antiguo tutor, el pastor Hendrik Gillot, que celebre su matrimonio con Friedrich Carl Andreas el 20 de junio de 1887. Permanecieron casados cerca de 43 años. Durante ese tiempo, el doctor Andreas jamás la poseyó físicamente, pero nunca la perdió del todo. Si bien es cierto que Lou Andreas-Salomé mantuvo relaciones con otros hombres, íntimas en algunos casos, siempre, antes o después, volvió con Friedrich Carl Andreas. De hecho, la vida de Lou Andreas-Salomé era la de una intelectual bohemia paneuropea siempre de viaje y manteniendo correspondencia con los mayores pensadores de su tiempo.

En 1897, cuando Lou Andreas-Salomé tiene 36 años, conoce al gran poeta Rainer Maria Rilke, 14 años más joven que ella. Viajan los dos a Rusia e inician una relación amorosa que se prolonga por tres años para transformarse en una amistad duradera hasta la muerte del poeta. Lou Andreas-Salomé escribirá un ensayo sobre Rainer Maria Rilke.

En 1911 Lou Andreas-Salomé, cuando contaba 50 años, conoció a Sigmund Freud, quien la llegó a admirar no sólo por su belleza sino especialmente por su inteligencia. Ella visitó al psiquiatra vienés con la esperanza de que pudiera revelarle algo sobre los misterios de su personalidad. Prefería siempre el contacto espiritual e intelectual antes que el físico. Era indiferente a los sentimientos que despertaba en los hombres que conocía. Permaneció virgen hasta los treinta años y jamás mantuvo relaciones sexuales con su marido, el doctor Andreas. Tras su ruptura, Nietzsche dijo de ella que sufría "atrofia sexual”. Fue una mujer de sexualidad anómala. No se sintió jamás madre ni amante, probablemente tampoco mujer sino hasta muy avanzada su madurez. Su complicada vida erótica y sentimental explicaba el interés desmesurado que sentía por la obra de Freud en los albores del psicoanálisis. Deseaba seguir la trayectoria de Sigmund Freud para conocer los porqués de sus inhibiciones eróticas, los motivos de su "atrofia sexual". Y creyó que el doctor Freud tenía las respuestas. Desgraciadamente no era así. La vida de Lou Andreas-Salomé no mejoró tras compartir las más atrevidas teorías de Freud y siempre regresó en compañía del doctor Andreas y de sus experimentos alternativos. Intercambió correspondencia con  Sigmund Freud y se opuso a los planteamientos sobre la religión que éste exponía en sus últimas obras. Finalmente Lou Andreas-Salomé prefiere a Anna Freud como psicoanalista y Sigmund Freud permite que Lou Andreas-Salomé se integre en el "círculo interno" de la Sociedad Psicoanalítica de Viena y da cuenta de sus planteamientos en su libro Lebensrückblick

Lou Andreas-Salomé fue una escritora prolífica. Son obras suyas los ensayos sobre Nietzsche, Tolstoi, Rilke, sobre el psicoanálisis y sobre el feminismo; novelas bajo los títulos Ruth, Hijo de los hombres, Rodinka; una autobiografía, que ha querido fuese póstuma, Mi vida; así como una copiosa correspondencia.

En 1937, en una Alemania dominada por la ideología nazi, Lou Andreas-Salomé fallece de un fallo renal el 5 de febrero, a la edad de 76 años en Gotinga. Sus paisanos la llamaban "la bruja de Hamberg”. Hasta los 65 años tenía aspecto de no superar los 40. Quienes conocieron a Lou Salomé nos la describen como alta, de ojos azules, "muy luminosos"; con los años su pelo había adquirido un tono platino. Con nariz respingona y boca suave, había conservado un aspecto atractivo a pesar de su edad. 

La Gestapo confiscó su biblioteca y prohibió cumplir su deseo de esparcir sus cenizas en el jardín de su casa, que ella llamaba Loufried. Son llevadas al cementerio de Gotinga, junto a los restos de su esposo Friedrich Carl Andreas.
Sobre la vida de Lou Andreas-Salomé se estrena en 1977 la película ‘Al di la del bene e del male’ de Liliana Cavani y en 1981 la Bayerischen Staatsoper München interpreta por primera vez la ópera ‘Lou Salomé’ compuesta por Giuseppe Sinopoli.


MAG/27.11.2017

viernes, 17 de noviembre de 2017

Sigmund Freud









   
Sigismund Freud nació el 6 de mayo de 1856 en Freiberg, un pequeño pueblo de Moravia (en la actualidad Příbor en la República Checa), hijo de Jacob Freud y Amalia Nathansohn, ambos nacidos en Tisménica una pequeña ciudad de 6.000 habitantes de la Galitzia central (en el noreste del imperio austro-húngaro). Los Freud, conocidos en generaciones anteriores como Freide, eran judíos jasídicos (una rama de judaísmo ortodoxo). Jacob se casó con Amalia, veinte años más joven que él, convirtiéndola en su tercera esposa el 29 de julio de 1855. Sigismund fue el primer hijo del tercer matrimonio de Jacob. Aunque el nombre que figura en su certificado de nacimiento es Sigismund, su padre añadió un segundo nombre, de origen hebreo, Schlomo (Salomón) en una inscripción manuscrita en la Biblia de familia. Un documento de 1871 se refiere a Freud como Sigmund, aunque él mismo no comienza a firmar Sigmund hasta 1875 y nunca usó el segundo nombre.

Convivir en su infancia con cinco hermanas, dos hermanos y dos hermanastros dejaría en Sigmund Freud una huella en la consideración de los lazos familiares. El negocio de lanas de Jacob no permitía alimentar adecuadamente a tan numerosa familia en Freiberg y, cuando Sigimund tenía tres años, se mudaron a Leipzig, donde residieron unos meses. Tampoco aquí las cosas mejoraron y un año después se trasladaron a Viena, capital imperial católica, donde los Freud, como tantos judíos y otros emigrantes de la Europa del Este, eran ‘zugeraster’, vocablo local con el que los vieneses se referían a los que venían de fuera. En 1865, a los nueve años de edad, Sigmund Freud entró en el Leopoldstädter Kommunal-Realgymnasium, donde destacó como alumno sobresaliente.

Fue un ávido lector amante de la literatura en alemán, francés, italiano, español, inglés, hebreo, latín y griego. Según se desprende de numerosas cartas entre Freud y su amigo Eduard Silberstein, escritas entre 1871 y 1881, ambos aprendieron el español de manera autodidacta. Incluso formaron una especie de sociedad secreta a la que nombran «Academia Castellana» (AC) y usaron como pseudónimos los nombres de los dos perros protagonistas de ‘El Coloquio de los Perros’ de Cervantes, firmando Freud como Cipion y Silberstein como Berganza. Freud leyó a Willliam Shakespeare en inglés a lo largo de toda su vida, sugiriéndose que gran parte de su conocimiento de la psicología humana puede haber sido derivada de las obras de Shakespeare.

En 1873 Sigmund Freud ingresó en la Facultad de de Derecho de la Universidad de Viena, pero después de escuchar una conferencia pronunciada por Karl Brühl sobre el ensayo, atribuido a Goethe, ‘Sobre la naturaleza’, cambió su matrícula a la Facultad de Medicina, siendo Franz Brentano su profesor de Filosofía, Carl Claus, defensor del darwinismo, el de Zoología y Ernst Wilhelm von Brücke el de Fisiología, con quien haría prácticas sobre el sistema nervioso central de los invertebrados en el tercer curso académico.  Considerado como estudiante poco convencional pero brillante, Freud fue nombrado asistente del profesor von Brücke en el Instituto de Fisiología de Viena entre los años 1876 y 1882. En un curso sobre afecciones renales que impartió en 1877 el prestigioso médico judío Joseph Breuer en dicho Instituto conoce a Freud, con el que entablará una estrecha relación de gran trascendencia para su desarrollo profesional, prestándole ayuda tanto moral como material. En 1878, el profesor Carl Claus consigue una beca de colaboración para Freud en la Estación de Zoología Experimental de Trieste, donde redactó el primero de sus trabajos relativo a la estructura gonádica de las angulas.

En 1881 Sigmund Freud rinde los exámenes finales y recibe su Licenciatura en Medicina en la vieja universidad, construcción barroca en Dr. Ignaz Seipel Platz, ahora ocupada por la Academia Austriaca de Ciencias.

En 1882 Freud comenzó a trabajar en la clínica psiquiátrica del Dr Theodor Meynert, quien lo hizo su ayudante. Freud se dedicó a realizar investigaciones sobre el bulbo raquideo, siendo el primero en proponer el uso terapéutico de la cocaína como estimulante y analgésico. No sin cierta imprudencia, la experimentó en su persona. No se convirtió en un toxicómano, pero empujó a la adicción a su amigo el distinguido neurólogo Ernst von Fleischl-Marxow al tratar de curarlo de su morfinomanía, agravando, de hecho, su caso. En los círculos médicos se dejaron oír algunas críticas, y la reputación de Freud quedó un tanto ensombrecida.

En 1883, y bajo la presión de von Brücke, abandonó la investigación teórica. Pasó tres años como médico interno en el Hospital General de Viena, dedicándose a la psiquiatría, la dermatología y los trastornos nerviosos, pero sus inclinaciones iniciales le llevan a formarse a partir de enero de 1884 y durante catorce meses como un excelente neurólogo en el departamento de neuropatología del Dr. Scholz, a pesar de no compartir los métodos de éste. En marzo de 1885, Freud fue nombrado Privaatdozent (profesor adjunto) de Neuropatología en la Universidad de Viena. 

A últimos de ese año consiguió una beca del gobierno para estudiar en París junto al famoso neurólogo Jean-Martin Charcot, que trabajaba en el tratamiento de trastornos mentales mediante la hipnosis en el manicomio de Salpêtrière, por él fundado. Los estudios junto a Charcot, centrados en la histeria, lo orientaron hacia la psicopatología.

El 25 de abril de 1886 abre su primer consultorio (Rathausstrasse 7), especializándose en los trastornos nerviosos. Como médico privado comenzó su práctica para tratar la histeria y la neurosis utilizando la hipnosis y el método catártico que su mentor Josef Breuer había aplicado a la feminista austríaca judía Bertha Pappenheim (más conocida como Anna O.) obteniendo resultados que en aquel momento parecían sorprendentes.

En septiembre del mismo año Sigmund Freud se casa con Marta Bernays, nieta de Isaac Bernays, un rabino en Hamburgo. Tuvieron seis hijos, Mathilde, Jean-Martin, Oliver, Ernst, Sophie y Anna. Esta última su eterna cuidadora y posterior continuadora de sus teorías centradas en la psicología infantil. En 1896, Minna Bernays, hermana de Martha, se convirtió en miembro de la familia más tras la muerte de su prometido. La estrecha relación que tuvo con Sigmund Freud llevó a rumores, iniciados por el psiquiatra suizo Carl Jung, de una aventura. El descubrimiento de un registro de hotel suizo del 13 de agosto de 1898, firmado por Freud mientras viaja con su cuñada, se aportó como prueba.

Como médico privado, Freud publicó en 1891 su trabajo inicial sobre psicopatología titulado ‘Sobre la afasia’ , donde desarrolla un estudio sobre este trastorno neurológico en el que la capacidad para pronunciar palabras o nombrar objetos comunes se pierde. 

En 1893 en su trabajo ‘Estudios sobre la histeria’, elaborado en colaboración con su mentor Josef Breuer, Freud considera los síntomas de la histeria como manifestaciones de energía emocional no descargada, asociada con traumas psíquicos olvidados. El procedimiento terapéutico consiste en sumir al paciente en un estado hipnótico para forzarle a recordar y revivir la experiencia traumática origen del trastorno, con lo que se descargarían por catarsis las emociones causantes de los síntomas.

De 1895 a 1900, impulsado por las experiencias con sus pacientes histéricos, desarrolló muchos de los conceptos incorporados tanto a la práctica como a la doctrina psicoanalítica. Poco después abandonó el uso de la hipnosis como procedimiento catártico, reemplazándolo por la investigación del curso espontáneo de pensamientos del paciente -llamado asociación libre-, como método para comprender los procesos mentales inconscientes que están en la raíz de los trastornos neuróticos. Freud notó que podía aliviar sus síntomas animándolos a que verbalizaran sin censura cualquier ocurrencia que pasara por su mente. Encontró evidencias de los mecanismos mentales de la represión y la resistencia, describiendo la primera como un mecanismo inconsciente que hace inaccesible a la mente consciente el recuerdo de hechos traumáticos; y la segunda como la defensa inconsciente contra la accesibilidad a la consciencia de las experiencias reprimidas, para evitar la ansiedad que de ella se deriva. Seguía el curso de los procesos inconscientes, usando las asociaciones libres como guía para interpretar los sueños y los lapsus en el lenguaje. 

En 1900 hace aparición su obra más importante, La interpretación de los sueños’ donde analiza (además de algunos sueños de sus pacientes) muchos de sus propios sueños, registrados durante tres años de autoanálisis iniciados en 1897. Freud inaugura una nueva disciplina y modo de entender la mente humana, el psicoanálisis. Paradójicamante, de La interpretación de los sueños’, vendió solo 351 copias en sus primeros seis años y la segunda edición no se publicó hasta 1909.

Su último trabajo sobre neurología, fue un artículo, 'Parálisis cerebrales infantiles', escrito en 1897. Sus siguientes trabajos se inscriben en lo que él mismo había bautizado en 1896 como psicoanálisis, al que, más allá de una eficacia terapéutica que Freud siempre juzgó restringida, su importancia primordial residía en su condición de instrumento para investigar los factores determinantes en el pensamiento y el comportamiento de los hombres.

Mediante el análisis de los sueños, desarrolló teorías sobre la sexualidad infantil y el complejo de Edipo. Trabajó además la teoría de la transferencia, proceso por el que las actitudes emocionales, establecidas originalmente hacia las figuras de los padres durante la infancia, son transferidas en la vida adulta a otros personajes. 

En 1889 Freud volvió a Paris para asistir al Primer Congreso Internacional de Hipnotismo. Tras algunos años de aislamiento personal y profesional debido a la incomprensión e indignación que en general sus teorías e ideas provocaron, comenzó a formarse un grupo de adeptos en torno a él, el germen del futuro movimiento psicoanalítico.

En 1891 la familia Freud se mudó a la que hoy es su casa museo en Viena, en el número 19 de la calle Bergasse, donde pasaba consulta hasta las 13:00 hrs en punto y entraba inmediatamente en el comedor, donde la comida estaba ya servida por su esposa Martha. A las 14:00 hrs se levantaba de la mesa e iniciaba su paseo por el Ring y alrededores, que finalizaba ante una taza de café, y con su cigarro siempre encendido, en su lugar reservado del café Landtmann.

En 1899 El primer reconocimiento oficial como creador del psicoanálisis fue en 1902 al recibir el nombramiento imperial como Profesor extraordinario, hecho que Freud comentaría en una carta a su amigo berlinés Wilhelm Fliess fechada en Viena el 11 de marzo de 1902, señalando sarcásticamente que esto era «...como si de pronto el papel de la sexualidad fuera reconocido oficialmente por su Majestad...»

En 1902 fue nombrado profesor titular de la Universidad de Viena gracias a los esfuerzos de un paciente con influencias. Sus siguientes escritos, ‘Psicopatología de la vida cotidiana’ (1904) y ‘Tres ensayos para una teoría sexual’ (1905), no hicieron más que aumentar el antagonismo con sus colegas. Como consecuencia, Freud continuó trabajando virtualmente solo, en lo que él mismo denominó "una espléndida soledad ". Otros de sus trabajos son ‘Tótem y Tabú’ (1913), ‘Más allá del principio del placer’ (1920), ‘Psicología de masas’ (1920), ‘El yo y el ello’ (1923), ‘El malestar en la cultura’ (1930), ‘El porvenir de una ilusión’ (1927), ‘Introducción al psicoanálisis’ (1933), y ‘Moisés y el monoteísmo’ (1939).

Hacia 1906 contaba con un reducido número de alumnos y seguidores destacando los psiquiatras austriacos William Stekel y Alfred Adler, el psicólogo austriaco Otto Rank, el psiquiatra estadounidense Abraham Brill, y los psiquiatras suizos Eugen Bleuler y Carl Jung, además del húngaro Sándor Ferenczi, que se unió al grupo en 1908. La correspondencia entre Sigmund Freud y Eugen Bleuler, director de la más avanzada clínica psiquiátrica de la Europa de principios de siglo, muestra no solo la libertad y la soledad de Freud sino también la de Bleuler. Este psiquiatra suizo germánico, de temperamento independiente, capaz de admirar la radical novedad de Freud y su aporte a la psiquiatría moderna, se mantuvo, al mismo tiempo, ajeno a cualquier forma de lo que él consideraba una ortodoxia peligrosa. Bleuler, como Breuer o Jung, no pudo aceptar la importancia de la sexualidad en la etiología de neurosis y psicosis.

En 1910 se crea una organización de ámbito mundial denominada Asociación Psicoanalítica Internacional. Tras el comienzo de la I Guerra Mundial, abandonó casi la observación clínica y se concentró en la aplicación de sus teorías a la interpretación psicoanalítica de fenómenos sociales, como la religión, la mitología, el arte, la literatura, el orden social o la propia guerra.

En 1912, en ‘Totem y tabú’ Freud hace una investigación en psicoanálisis aplicado, postulando una hipótesis de la dinámica evolutiva de la sociedad primitiva en base a una analogía con el desarrollo del aparato mental: la destrucción canibalística del padre por parte de los hijos, como una forma del odio y de apoderarse de su identidad, y su reparación primitiva a través de la "obediencia retroactiva" a los mandamientos o tabúes del tótem, símbolo de la sobrevivencia y de la negación de la muerte del padre 

A comienzos de la Primera Guerra Mundial, Freud remarca la idea de la transferencia como una actuación repetitiva y no como un verdadero recordar, y más tarde el inicio de la teoría del narcisismo que venía mencionando a lo menos desde 1909 como una etapa de la evolución libidinal que va del autoerotismo (narcisismo: segunda etapa del autoerotismo, cuando las pulsiones sexuales unificadas toman como objeto de satisfacción al propio yo) hasta el amor objetal. En 1915 expone sus precisiones sobre el amor que puede aparecer en la transferencia e inicia el desarrollo de una teoría metapsicológica, una teoría psicológica del aparato mental desde los puntos de vista dinámico, económico y tópico y que va más allá de considerar al aparato mental como una estructura exclusivamente enmarcada en la conciencia como tendía a considerar la metafísica a la psicología. Varios de los artículos publicados este año están en este contexto como es el caso de "Pulsiones y destinos de pulsión" en el cual mantiene la idea de la pulsión como representante psíquico de los estímulos somáticos, "la represión" en el cual vuelve reunir conceptualmente a todos los mecanismos defensivos en torno al de la represión, y "lo inconsciente" en el que insiste en la justificación y necesidad de un dominio donde operan leyes rigurosas y conflictos.

En 1916, Freud publicó ‘Introducción al psicoanálisis’, obra en la que ampliaba y clarificaba su teoría al definir el Ello, el Superyó y el Yo, entre los que se dirimía la relación entre el principio del placer y el principio de realidad, aunque más tarde superpondría en parte a estos principios el Eros (pulsión de vida ) y el Tánatos (pulsión de muerte). 

El sistema propuesto por Freud establecía tres ámbitos diferenciados: ello, yo y superyó. 

El Ello. Es la parte primitiva de la personalidad. Aquí se encuentran los instintos sexuales y de supervivencia. Se corresponde con el inconsciente. En los primeros años de la vida del niño, éste ámbito domina sus acciones y pensamiento. Así, dirige su atención hacia lo que le rodea, en especial la madre, incorporando los conocimientos adquiridos a su propia personalidad, pasando a formar el núcleo del “yo”.

El yo. Es el estadio más cercano al mundo real. Se desarrolla en la infancia y pretende cumplir las necesidades provocadas por ese mundo exterior. Media entre el ello y el superyó. Se corresponde con el preconsciente. Es racional y consigue dominar los instintos del "ello", guiándose por el principio de realidad. En esta fase, el "yo" ha de hacerse fuerte, ha de ser capaz de controlar a los otros dos sistemas. Esto se refleja en el estado de narcisismo que Freud refleja como condición indispensable para crear una mente sana: el "yo" ha de quererse a sí mismo, tomar conciencia de sí y de cuanto le rodea, con lo que establecerá una jerarquía en cuya cúspide él mismo se situará.

El superyó. Pensamientos adquiridos por la socialización y la cultura, integra los pensamientos éticos y morales. Es inconsciente y se forma durante el período edípico, en el momento en que el niño, debido a las restricciones morales, debe renunciar a conseguir su objeto de placer: el padre o madre. En este periodo, el niño ha de aceptar las reglas morales impuestas por los padres, reprimiendo deseos y renunciando a impulsos instintivos. Las reglas de moralidad actúan, al mismo tiempo, creando un escenario donde se desarrolla la neurosis, al ser obligado inconscientemente el individuo a renunciar a sus deseos. Surge una vez que se resuelve el complejo de Edipo.


En 1917 publica "Duelo y melancolía". Aquí Freud acentúa el papel que la autoagresión tiene en el sufrimiento de los melancólicos y que revela la profunda ambivalencia frente a los objetos perdidos y la guerra interna en que se debate un yo dividido en una parte severamente atacada y otra crítica y condenatoria sobre la anterior. Se esboza aquí lo que Freud llamó el superyó. En 1919, terminando la guerra, Freud vuelve a puntualizar la técnica analítica de los síntomas en sus mociones pulsionales y en la consecuente integración -automática e inevitable- de éstas al -yo-, del cual estaban escindidas y -ligadas aparte-. A partir del año 1920, fecha en que muere su hija Sophie de neumonía, se publica un terceto de pequeñas pero fundamentales obras en las que Freud expone el nuevo modelo de aparato mental, el estructural. Este será el paradigma teórico de la investigación freudiana desde este momento en adelante.

En ‘El Porvenir de la Ilusión’ Freud acomete grandes análisis acerca del génesis de la cultura religiosa en relación con la evolución del hombre y la conquista de la Naturaleza. Cada capítulo está estructurado para que el siguiente mantenga una coherencia simple de razonamiento sobre la evolución de la cultura y la necesidad de la religión y sus representaciones. Presenta las ideas como un fiel reflejo de sus investigaciones fundamentadas en el método científico, pero con el singular beneficio de partir desde una perspectiva psicológica.

En 1923 se le detectó un cáncer en el paladar que precisó de un tratamiento constante y doloroso, por el que tuvo que someterse a varias operaciones quirúrgicas. Él mismo había dicho que era autor de la tercera gran humillación de la humanidad: la primera había sido saber por Galileo que no era centro del universo, la segunda descubrir por Darwin que no era cúlmen de la creación y la tercera haberse enterado por sus escritos de que los hombres no eran siquiera dueños de su mente.

Cuando los nazis ocuparon Austria, en 1938, será su alumna Marie Bonaparte, sobrina bisnieta de Napoleón, con el apoyo del mismísimo presidente americano Roosevelt, quien logre convencerlo de abandonar la capital austriaca e instalarse en Londres, lejos del acoso nazi. Freud y su hija Anna fueron interrogados por la Gestapo antes de que su amiga y paciente Marie Bonaparte fuese capaz de asegurarles pasaje a Inglaterra. Bonaparte intentó sin éxito obtener visados de salida también para cuatro de sus hermanas, que finalmente se quedaron en Viena antes de ser enviadas a campos de concentración nazis en los que murieron.

El 21 de septiembre de 1939, Freud recordó la promesa que le hizo su amigo y médico de cabecera, Max Schur, de ayudarle a morir cuando el cáncer de mandíbula se volviera insoportable. Sigmund Freud moriría a la medianoche del 23 de septiembre de 1939, en su casa de Hampstead, hoy sede del Museo Freud, donde se exhibe el célebre diván de su consulta vienesa, inspirador de todo un estilo de ritual médico. Sus últimas palabras fueron: Das ist absurd! Das ist absurd! (¡Es absurdo!...¡Esto es absurdo!) ...

Tres días después de su muerte sus restos fueron incinerados en el Golders Green Crematorium, en el norte de Londres, siendo guardadas sus cenizas en una antigua urna griega que había recibido como regalo de la princesa Bonaparte y que tuvo en su estudio en Viena.

Cuando su esposa Martha falleció en 1951, se añadieron sus cenizas a la urna. En enero de 2014 intentaron robar las cenizas de los Freud, y aunque el robo se evitó, los ladrones dañaron gravemente la urna de más de 2.300 años de antigüedad.

MAG/17.11.2017


viernes, 10 de noviembre de 2017

Rudolf Otto y 'lo santo'











Rudolf Otto nació en Peine, a 32 kilómetros al sudeste de Hanover (Prusia), el 25 de septiembre de 1869 y murió en Marburgo el 6 de marzo de 1937.

El padre de Otto era fabricante. De 1882 a 1888 Rudolf fue educado en el Gymnasium Andreanum de Hildesheim. Conseguido su abitur, estudió Teología, primero en la universidad de Erlangen y después en la de Gotinga, donde, en 1898, obtuvo su licenciatura disertando sobre la interpretación de Lutero sobre el Espíritu Santo (Die Anschauung von heiligen Geiste bei Luther: Eine historisch-dogmatische Untersuchung). En 1905, y en la universidad de Tubinga, presentó su tesis doctoral sobre Kant (Naturalistische und religiöse Weltansicht) para obtener su habilitación como doctor en Filosofía. En 1906 regresó a la universidad de Gotinga, donde inició su carrera académica como Privatdozent enseñando teología, historia de las religiones e historia de la filosofía. En 1910 la universidad de Giessen le nombra doctor honoris causa. Comienza a interesarse por la historia y la psicología de la religión (Religionswissenschaft), desde una óptica cercana a la de Jakob Friedrich Fries.

Durante 1911-12 emprendió un largo viaje, comenzando por el norte de África, Egipto y Tierra Santa. Fue en una visita a una sinagoga en Marruecos cuando Rudolf Otto se sintió motivado para desarrollar el tema de lo santo. Continuó su viaje por la India, Sri Lanka, China y Japón para comparar las espiritualidades orientales, en particular el hinduismo, con el cristianismo, lo que le permitía su dominio de las lenguas orientales y conocimientos del sánscrito. Regresó a Europa vía Estados Unidos. Fruto de su viaje serían Westöstliche Mystik publicada en 1926 y Die Gnadenreligion Indiens und das Christentum en 1930.

En 1913 Rudolf Otto sacó tiempo de sus obligaciones académicas para participar en los asuntos públicos y comunitarios. Fue elegido miembro de la Cámara de Representantes de Prusia por el distrito de Gotinga y por el Partido Nacional Liberal. Fue miembro del Parlamento prusiano durante la I Guerra Mundial y en 1918 se unió al Partido Democrático Alemán como miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de la República de Weimar, donde ejerció una influencia liberal y progresista.

En 1915 fue nombrado profesor de Teología sistemática en la universidad de Breslau y en 1917 de la Philipps-Universität de Marburgo, entonces uno de los centros protestantes más famosos en el mundo, del que fue rector en el curso 1926-27, y que no abandonará hasta 1929. Tras su jubilación  Rudolf Otto seguirá residiendo en Marburgo hasta su fallecimiento el 6 de marzo de 1937, tras caer de una torre a 20 m de altura. Algunos historiadores apuntan a que se suicidió.

En 1917 Rudolf Otto publica Das Heilige (“Lo santo”), con gran éxito por la novedad y originalidad de su planteamiento. En vez de estudiar las ideas de Dios y de la religión, Otto analizaba las modalidades de la experiencia religiosa. Dotado de una gran penetración psicológica y con una doble preparación de teólogo protestante e historiador de las religiones, logró extraer su contenido y sus caracteres específicos. Dejando de lado el aspecto de lo racional de la religión, iluminaba vigorosamente el lado irracional. Otto había leído a Lutero y había comprendido lo que es para un creyente encontrarse con el «Dios vivo». No era el Dios de los filósofos, no era una idea, una noción abstracta o una simple alegoría moral. 

Otto se esfuerza por reconocer los caracteres específicos de la experiencia terrorífica e irracional. Ha sido necesario dar forma a un neologismo que pueda captar la peculiaridad de lo santo: lo numinoso. Lo numinoso es complicado de explicitar, es indecible, al decir de Otto. Tan sólo podemos llegar a la aproximación por analogía. Y es aquí donde propone una definición de Schleiermacher: un sentimiento de absoluta dependencia, una extrema pequeñez e insignificancia, de insuficiencia e incapacidad frente a lo mayúsculo, el numen («Dios»). Lo numinoso es una categoría sentimental o emocional a la que nos acercaremos mediante analogías y expresiones simbólicas. La expresión que recoge toda la carga emocional de lo numinoso es la de mysterium tremendus. Descubre el sentimiento de espanto ante lo sagrado, ante ese mysterium tremendum, ante esa maiestas que emana una aplastante superioridad de poderío; descubre el temor religioso que experimenta la criatura ante el mysterium fascinans, donde se despliega la plenitud perfecta del ser. Lo numinoso se singulariza como una cosa, como algo radical y totalmente diferente: no se parece a nada humano ni cósmico; ante ello, el hombre experimenta el sentimiento de su nulidad, de «no ser más que una criatura», de no ser, para expresarse en las palabras de Abraham al dirigirse al Señor, más que «ceniza y polvo».

El primer escollo que encontramos en nuestro camino para comprender lo santo es que se ha perdido parte del significado primigenio, ya que la lengua ha ido incorporando lo moral a lo santo. Lo sagrado se manifiesta siempre como una realidad de un orden totalmente diferente al orden de las realidades naturales. El hombre entra en contacto con lo sagrado porque éste se le manifiesta, porque se muestra como algo diferente por completo de lo profano. El misterio es algo secreto que no pertenece al ámbito público. Algo que, por tanto, ni pertenece a la cotidianidad ni es entendible con el sentido común ordinario. Si profundizamos en él, encontraremos que va desde la devoción absorta, a los estallidos súbitos, al éxtasis o a las formas demoníacas. El misterio es extraño y no se explica. Lo numinoso como misterio avanza profundamente en una gradación de intensidades: asombro, paradoja y antinomia. El misterio es mirum o mirabile, esto es, asombro o sorpresa por algo. Luego se convierte en pasmo, asombro intenso o stupor. El misterio es absolutamente heterogéneo y paradójico, algo tan radicalmente extraño que desborda el círculo de lo familiar. Pero si además hablamos del nihil de los místicos occidentales o del sunyata budista, estaremos dando un paso más. Esa antinomia, el vacío y la nada, que trasciende las categorías de nuestro pensamiento, no sólo las rebasa, sino que las hace en todo punto ineficaces: lo numinoso como misterio va en contra de la razón.

El segundo aspecto, lo tremendo, refuerza el lado misterioso-oculto. Lo tremendo indica tremor, miedo y estremecimiento, en la forma que lo definía Søren Kierkegaard . No un temor ordinario, sino un temor siniestro y profundamente inquietante. Una conmoción que hace temblar, que provoca incluso reacciones corporales. De este terror de íntimo espanto en el ánimo del hombre primitivo surgen tanto los demonios como los dioses. Pero el tremor nos hace descubrir la propiedad clave del numen: la cólera. La ira deorum que se desencadena sin previo aviso y de forma arbitraria. Aquí radica el misterio: ¿por qué esa cólera tan inabarcable? Las razones son misteriosas pero ocurre y el hombre es el objeto de la misma, independientemente de su moralidad. 

Junto a lo misterioso-oculto y lo tremendo-cólera, añadimos otros cuatro aspectos que complementan la caracterización de lo numinoso: la majestad y la energía por un lado, y lo augusto y lo profano por otro.

La majestad tiene que ver con la omnipotencia del numen, es su prepotencia absoluta, lo que ontológicamente caracterizaríamos como plenitud del ser y que se expresaría como un sentimiento de superioridad absoluta. La energía evoca la fuerza, el movimiento, el impulso y la actividad, lo que abrasa, lo que domina. Esta impetuosidad nos traslada a entender el numen como algo vivo, sin residuo inerte.

Junto al empequeñecimiento y anonadamiento que sufre el ser humano cuando está ante el numen hemos de añadir el sentimiento de desestimación de sí mismo. Este sentimiento que irrumpe de manera inmediata pertenece a una peculiar categoría de valoración: el sentimiento del individuo de su absoluta profanidad. El ser humano individual siente que no tiene dignidad frente a lo santo. La santidad pertenece a lo numinoso, mientras que a las creaturas les conviene lo profano. Lo santo es más que lo profano. Pero Otto no está de acuerdo con que se exprese ese plus como supracósmico. Buscará una nueva palabra: augustus. Lo augusto es lo ilustre, lo mayestático y venerable. El numen es una obligación íntima que se impone a la conciencia, no por coacción, sino por sumisión al valor santísimo. No creemos porque una autoridad poderosa nos obligue a ello, sino porque vemos o intuimos en lo santo una inmensidad que nosotros, como profanos, no tenemos ni tendremos. El ser humano se siente pequeño ante la inmensidad de lo divino.

Un último aspecto básico de lo numinoso nos queda por explicitar, siguiendo el texto de Otto. Junto a todo eso que nos aterra, que trastorna nuestros sentidos, hay algo que nos maravilla y embarga, que nos fascina profundamente. Lo santo atrae al individuo, lo lleva haciendo desde los albores de la Humanidad. Hay algo en ese fenómeno que nos atrae. Eso que hemos racionalizado como amor, misericordia y piedad. Entre lo horrible y lo admirable se crea una armonía de contrastes. Esta polaridad o dicotomía de lo retrayente-atrayente es el comienzo del sentimiento religioso en la historia de la religión, porque esa primera forma elemental fue dando paso a otras cada vez más complejas y depuradas.

El ser humano, a pesar del miedo y a pesar de que se vea rebasado en su comprensión, siempre ha querido apoderarse de lo numinoso hasta identificarse con él. Para Otto hay dos procedimientos de apropiación. Uno encaminado a la parte retrayente y otro a la parte atrayente. El primero es la identificación con el numen por medio de actos de culto, conjuros y sortilegios. Esta forma básica trata de aplacar la cólera y reconciliarse con lo numinoso y apropiarse de esa fuerza maravillosa. La segunda es la reiteración compleja de la primera: cuando se busca lo numinoso por sí mismo y no como medio de obtener otra cosa. Ese perdurar en lo numinoso se considera un bien, una gracia, es un vivir en lo misterioso: en este momento es cuando empieza la verdadera vita religiosa. El entusiasmo de ese estado de gracia es lo fascinante de lo numinoso. Eso es lo que atrae, porque lo bueno empuja al ser humano hacia lo numinoso. Es un impulso fortísimo hacia un bien absolutamente irracional, materializado en un sentimiento traducido en una sospecha vehemente. En definitiva, lo santo es para Otto una categoría a priori del espíritu racional. Existen en el espíritu humano estos elementos a priori, y son la conciencia religiosa. El ser humano está dotado, a priori, para acceder a lo santo.

La historia de la religión descubre cómo los elementos irracionales y racionales se van entremezclando. La religión sale de su primitiva rudeza y se convierte en una religión más elevada, se dota de una dogmática y de una estructura de gestión y administración. Del numen local grosero se llega al Dios que administra felicidad y dirige el destino de la historia. Lo notoriamente terrorífico y espantoso llega a convertirse en dioses, esos a quienes se reza y se confía el futuro y en quienes vemos el origen de la ley. Lo tremendo se moraliza como la rectitud y se convierte en la santa cólera de Dios. Lo fascinante se moraliza como la bondad y se convierte en la gracia de Dios. Lo maravilloso se traduce como la perfección y torna en los predicados absolutos de Dios. La existencia de ambas especies de elementos forma una bella armonía y constituye, para Otto, el criterio que sirve para medir la superioridad de una religión. Lo irracional preserva a la religión de convertirse en puro racionalismo; y lo racional la preserva de descender al fanatismo. La coexistencia de ambos estados la habilitan como una religión culta y humana.


MAG/11.11.2017